jueves, 24 de agosto de 2017

Sobre el reciclaje de la ficción y el dilema de las "partidas frescas"


Una de las muchas cuestiones que parece que nos inquieta a los y las Dj es cómo crear propuestas “frescas” para nuestras partidas. Aventuras que no subrayen los tópicos que llevamos trabajando desde hace tanto con nuestros veteranos grupos de juego.

De eso trata esta entrada. Cómo buscar frescor en las partidas, que es equivalente a cómo localizar lo rancio en nuestra dirección; pero también contiene una súplica: no mancillemos al tópico, dejemos de repudiar el cliché. 



Y es que hemos sobrevalorado la originalidad. Es maravillosa, cierto, pero no implica en absoluto un certificado de calidad. Nos encontraremos en nuestro camino rolero con mierdas frescas auténticamente originales que, en definitiva, no dejan de ser eso: mierdas. Algunas sin duda las habremos pisado ya. Mientras que viejas ideas que en su momento fueron gloria, con un reciclado esencial, vuelven a ser gloria. 

Los clichés y los tópicos existen porque funcionan, es el uso que hacemos de ellos lo que los convierte en “sorprendentes giros” o en trucos rancios en las partidas.

Uno de los ejes de esta reflexión es el siguiente: tenemos un problema de reciclaje. No como civilización —que también, claro— sino como creadores de aventuras. Pero en nuestro caso —al contrario que en el de nuestra civilización— el dilema no es la falta de reciclaje, sino el exceso.

Somos voraces devoradores de ficción en forma de novelas, películas, series, cómics, juegos… que trituramos en nuestra mente a través de un consumo pasivo, con la intención de transformarlos luego en productos “frescos” de consumo activo y participativo: partidas de rol.

Pura magia.

Reciclamos tanto que cuando uno de nuestros Pj pisa descalzo el suelo del bosque, al transmitir sensaciones no empleamos como ingredientes experiencias propias –aunque las tuviéramos– sino una imitación de aquellas escenas tan emotivas de aquella peli que nos entusiasmó. La escena de Gladiator con la mano navegando sobre las espigas doradas de trigo caminando hacia el atardecer es, probablemente, una de las más evocadas en la épica rolera. Esa y la pose de Conan con la espada, por supuesto.

Puede que hayamos acostumbrado demasiado a nuestra imaginación a tomar como referencia escenas de ficción derivadas del ocio pasivo. Argumentos reciclados de argumentos que han sido a su vez reciclados de otros argumentos que, alguna vez, formaron parte de una historia original, o de la Historia. Puede que este continuo uso de dichas referencias, de ese reciclaje, esconda un residuo de actitudes pasivas que el Dj arrastre y transmita a las partidas. Cuando nos lamentamos de que una partida ha sido “demasiado dirigista, orientada o forzada” es posible que se produzca por ese tipo de residuo de reciclaje, derivados de un roce entre el origen de la propuesta, fruto de un consumo pasivo, y el objetivo a alcanzar: ficción participativa.

Reciclar no está mal. Nada está más lejos de nuestra intención que demonizar el sagrado arte del reciclaje narrativo. Pero los ciclos de reciclaje tienen un límite. La veteranía se encuentra, con bastante probabilidad, allá donde ese límite comienza. 

La veteranía es una especie de maldición idolatrada. El veterano ha jugado todo tipo de aventuras vibrantes y extraordinarias. Pero esas aventuras ahora son experiencia y, por desgracia, pueden actuar como vacunas ante nuevas propuestas de dirección. ¿Qué hacer entonces? Para el Dj es un desafío buscar nuevas flipadas, y para los jugadores es frustrante adivinar automáticamente el meollo de cada partida, descubrir cómo encaja cada pieza del puzzle sin renovar esa añeja sensación de intensidad, de descubrimiento, ¡de magia al completar un ciclo del héroe sin saberlo! Cada vez que explorábamos una virginal estructura argumental considerándola tan nuestra y tan auténtica que se nos quedaba grabada en el recuerdo con tanta fuerza como las propias experiencias.
Como si una bandada de pájaros entrasen por la ventana en nuestra habitación mental sin previo aviso, canturreasen maravillas y se fuesen volando sin más.

Obra del Ilustre Verzobias

¿Por qué reciclamos ficción?

Reciclamos porque, usualmente, no vivimos aventuras de primera mano. Son peligrosas, caras y nada higiénicas. De modo que reciclar las que consumimos pasivamente es la más ventajosa de las alternativas. Podemos crearlas desde cero, claro, pero es agotador. Es lo que hacíamos al principio, años ha, porque teníamos tiempo y energía y no estábamos tan involucrados en el consumo de ficción. Carecíamos de una “contaminación cultural” que nos impidiera sentirnos originales. Podíamos crear una saga con la pretensión de ser auténticos en su estructura… porque no habíamos leído lo suficiente como para descubrir que ya cuarenta culturas la habían explotado a fondo 2000 años atrás.

Como decíamos, la originalidad está sobrevalorada. 

Es difícil, muy difícil hoy día no encontrarse con ficción reciclada. No solo en rol, sino en todo lo demás. La búsqueda de nuevas formas y estructuras no solo nos concierne a los roleros —faltaría más—, es una necesidad generalizada desde hace mucho tiempo en todas las formas de ficción.  

Un arreglista en música es aquella persona que coge un tema musical compuesto para una serie de instrumentos, o para uno en particular, y lo adapta a otros. Puede coger un tema de The Doors y arreglarlo para que sea una orquesta quien lo toque. No parece cosa fácil. De hecho parece muy complicado y exigente. Es lo más parecido que he encontrado a lo que un Dj pretende hacer cuando coge una película o novela y la intenta transformar en una partida de rol. Intenta arreglarla para que se convierta en ocio participativo. No es nada fácil si se desea hacer sin que aparezcan residuos dirigistas e impositivos.

Al comentar estas discrepancias no nos referimos a que exista un único protagonista, a la estructura presentación—nudo—desenlace o a las proporciones entre escenas dramáticas acción—profundidad—trasfondo—acción. El dilema es el frescor. Valiente palabro. El dilema es suministrarle emoción desde el Dj, vida a la historia. El dilema no es juntar las piezas del monstruo, el puto problema es que el monstruo cobre vida. 

Una de las maneras más eficaces de lograrlo, desde mi punto de vista, es impregnar las escenas de cuestiones personales del/la Dj. Como comentamos antes, no vivimos aventuras completas porque son antihigiénicas —principalmente—, pero sí vivimos una gran cantidad de escenas personales y cotidianas que podemos arreglar para introducir en nuestras aventuras. Si estamos atentos.

Comentaré algo que todos sabemos: las partidas de rol se componen de piezas pequeñas que llamamos escenas. 

Las escenas pueden aparecer espontáneamente o pueden ser diseñadas con antelación. Si se diseñan pueden estar completas o solo perfiladas, y pueden estar atadas a escenarios o a personajes. Sea como fuere, son escenas, y podemos trabajar sobre ellas con toda la calma del mundo, impregnándolas de reciclajes de nuestras propias experiencias tanto como de reciclajes de ficciones consumidas.

Con toda probabilidad uno de los consejos más repartidos en el mundo de la ficción sea este: impregna tus obras de algo tuyo, pon parte de ti en ello.

El rol, por supuesto, no es menos.

Imaginemos una escena de mercado de un pueblo de fantasía medieval. Las fuentes de inspiración empleadas para ello pueden ser un mosaico de obras de ficción donde se nos regalen escenas similares. Pero esas obras contendrán detalles seleccionados para ofrecer algo en particular, para potenciar una experiencia determinada y beneficiar a la trama: el ángulo de la cámara, las voces, los colores, la limpieza… y contendrá carencias específicas propias de ser ocio pasivo: ausencia de olores, temperatura, interrelación con los observadores…

El resultado puede ser que nuestros jugadores, por ejemplo, atraviesen un mercado abarrotado de gente sin pisar una sola mierda de caballo y sin que nadie tropiece con ellos: nuestra referencia en la partida está viciada por nuestra imaginación reciclada. 

Ahora imaginemos que hemos estado en el mercado de abastos de nuestra ciudad por la mañana, en su lonja de pescado o incluso observando las descargas de los barcos si hay puerto, cómo los pescaderos abren las tiendas arrastrando las primeras cajas, acercándonos a los puestos con nuestros pies triturando las piezas de hielo que se escurren de las bandejas inclinadas, viendo las mandíbulas abiertas de peces cuyo nombre desconocemos expuestas como si el pescadero solo tuviera que empujarlas hacia nosotros para sentir el mordisco, con los cuchillos destripando sin parar, oliendo el perfume de la vieja que compra a nuestro lado, caminando entre cajas de frutas y zumos, entre gritos y conversaciones, flores y familias ajetreadas… y de pronto nos llama la atención la inmensa cúpula que protege la lonja del cielo, y restos de esa arquitectura férrea de comienzos de siglo. Vemos columnas de piedra, los canalones por los que se escurren los restos…

Imaginemos que tomamos un café en el primer bar que abra del mercado, y dedicamos tres horas a observar, oler, regatear, curiosear… Que preguntamos a un viejo cercano cómo funcionaba todo esto hace cuarenta años. Que le invitamos a un café diciéndole que estamos escribiendo un libro sobre todo ello.

Y esa experiencia llena de color, de olores, de tropiezos, de personas y de relaciones reales la transportamos a nuestro mercado medieval de fantasía. ¿Cómo? Con la imaginación, la herramienta más poderosa del arreglista rolero. Cambian las ropas, cambia la tecnología, cambia la higiene, se incluyen razas… todo se arregla lo necesario. Pero se mantiene la esencia. ¿Para cuántas escenas o momentos de mercados de cuántas partidas creéis que puede darnos una única visita a la lonja? Por el precio de dos o tres cafés, por comprar un par de piezas de fruta, por preguntarle al pescadero con cara de ingenuo cómo diferenciar pescado fresco del pasado… ahí tenemos materia prima de la buena para meter en partidas.  

Puede ser una movida muy adictiva, creedme.


¿Qué grita un carnicero para llamar a sus clientes? ¿Qué grita una pescadera? ¿No sentís curiosidad? Esas experiencias son como oro para el rol.

Hemos comentado de una lonja… ¿Y un aserradero? ¿Un museo? ¿Que tal ir a una misa un domingo por la mañana? Ver el rito desde los ojos de un director de juego, preguntarte cómo lo describirías, convertirlo en algo pagano en tu cabeza, rodear al cura de árbles y bosque, cambiarle sus ropas, el altar de sacrificio... o asombrarse con los detalles del templo como si fueras un arqueólogo extranjero venido del futuro. Pagar un par de euros y ver toda la ciudad desde el campanario y saber que ese océano de tejados lo emplearás en más de cien partidas… Si, es una mierda muy adictiva.

En cierta ocasión tuve una apasionante conversación con el director de un cementerio que empezó de la siguiente manera:

—Verás, me gustaría haceros una pregunta que me llena de curiosidad, pero es una pregunta que os puede sorprender, por rara, de hecho es bastante delicada —el director no estaba solo, le acompañaban dos operarios.  
—¿Sí? A ver, adelante, adelante… Sea como sea, si es muy incómodo siempre podemos no constestarte, y listo. 
—Vale. Si quisiera deshacerme de un cadáver ¿a quién de vosotros tendría que sobornar? Si fuese, por ejemplo, la víctima de un ajuste de cuentas de la mafia. ¿Ellos podrían deshacerse del cadáver sin que tu te enterases?

Podéis imaginar la expresión inicial de sus rostros. No obstante la conversación fue de lo más entretenida y reveladora y se animaron a comentarme cómo funciona todo el proceso de incineración oficial de un cementerio común, sus sistemas de garantía para con los resto y lo difícil que era falsear las cantidades de combustible de los tanques, que venían marcados en contadores térmicos, que ellos no comprobaban el contenido de los ataúdes... cómo trituraban con bolas de acero los huesos restantes en una centrifugadora... muy molón todo.

Y sí, le dije que era para una partida de rol. Y sí, el director me dijo que había jugado a rol durante la universidad, aunque nunca le entusiasmó demasiado.

¿Cuantas experiencias de este tipo se pueden arreglar? Ilimitadas.

De nuestra vida, podemos rescatar muchísimo material para componer escenas frescas. Podemos arrancar el dolor al bullying que vivimos y ponerlo en los Pnj, podemos recordar aquel río de nuestra infancia y describirlo para nuestros jugadores, para que sus héroes lo recorran mientras dan caza a los bandidos tal y como nosotros lo recorrimos cuando éramos críos. Ese tabernero con el que hablan hoy, podría ser nuestro abuelo, ¡fragmentos de nuestro abuelo al menos! la vieja chamán de la cabaña podría ser nuestra abuela ¡su apariencia quizás!, ese Pnj que es una I.A. podría ser nuestro hermano ¡tenemos tanto que aportar sin necesidad de reciclar ficción pasiva! Podemos emplear ingredientes reales, que ya estarán llenos de pasión y de detalles que harán de la partida algo especial. 

Vivir instantes como un recolectador de ingredientes, un cosechador de momentos.  Estar atento a personas, lugares, miradas… escenas. Buscarlas. Disfrutarlas con naturalidad a la vez que hacemos una despensa de la que sacar esos ingredientes para enriquecer las escenas de nuestras aventuras.  

Reciclar experiencias propias nos aporta comodidad narrativa, seguridad y detallismo, elementos que hacen que el realismo mágico del rol se exprese con nitidez y cree poso de memoria en las partidas. Hace a las escenas frescas. Y... una aventura se compone de escenas.

No es cosa fácil, como no lo es para el arreglista –permítanme los arreglistas la licencia comparativa, salvando las distancias–. Requerirá trabajo y concentración. Dedicación y disfrute, imaginación y visualización.  

Si puedes viajar a Vietnam y extraer de todo ello material para partidas, brutal, eres un filldeput afortunado. Si haces submarinismo, deporte de contacto, airsoft, lucha medieval, haces escalada o tu segundo hobby es recorrer las carreteras en moto y dormir al raso en zonas apartadas, bien por ti. Cosecha experiencias, cabronazo. 
Y compártelas al jugar sin que nos demos cuenta, aumenta la proporción de reciclaje de experiencias propias y disminuye el reciclaje de ficción pasiva.