lunes, 20 de marzo de 2017

Cuentos de un Bosque Tribal. Cap 8: El Guardián.


El Guardián


El mapa creado por Epic Maps sigue tomando forma :)


Al final el puto frío le había calado en los huesos. Calentarse a base de rabia era efectivo, pero tenía sus limitaciones, por abusar de ello ahora estornudaba de vez en cuando y los mocos se le congelaban en la nariz formando tapones de hielo que se tenía que quitar cada dos por tres con fuertes soplidos.
Los glaciares del corazón de la cordillera eran muy divertidos sí, pero si la caza abundaba a su alrededor para tener comida con que dar fuerza al cuerpo y en estas tierras extremas no había nada para comer, tan solo hielo que avanzaba implacable devorando el mundo mientras crujía.

Bajo los glaciares descubrió decenas de riachuelos humeantes que perforaban sus lenguas haciendo túneles de paredes pulidas. El corazón de estas montañas estaba caliente y creaba hermosos laberintos de reflejos con colores azules y blancos que lo dejaban boquiabierto, hipnóticos a la vez que sumamente peligrosos: lo peor que le podía pasar a un primo era quedarse encerrado en el hielo, ni muerto ni vivo, viendo como este hace una cárcel a su alrededor que clausure su olor para siempre, sin que otro primo le pueda encontrar jamás. La idea le causaba escalofríos… y aún así el paisaje era encantador.
Tomaba esas grutas porque poseían una ventaja, los caminos bajo las montañas de estos ríos eran cálidos y pese a su oscuridad cuando se hacían profundos ofrecían interesantes atajos para adentrarse en la cordillera evitando las dificultades del exterior. Las cuevas profundas dentro de montañas solían ser divertidas, con saltos delicados entre las piedras y zonas para zambullirse, saltar y escarbar… además, al elegir este camino para encontrar el olor especial que le había ordenado cazar el primo Juma, le pondría más difícil seguir su rastro. Así daría una lección a ese primo listo sobre las dificultades de la caza y las rutas que siguen los guardianes de verdad.

Salió al exterior de las grutas un par de horas atrás, escalando una fisura de hielo por la que pudo ver que amanecía un día sin tormentas. Recorrió un par de valles muertos por el frío sintiendo el aroma a heroismo cada vez más cerca, hasta que al final se detuvo donde se encuentra justamente ahora, encaramado entre la nieve, casi envuelto por ella como si fuese un manto que lo acogiera y ocultase.

Observaba un interesante valle en cuyo centro una pequeña aldea humana sobrevivía a la nieve y el frío contra todo pronóstico. Sobre dicha aldea y su contorno estaba agudizando sus sentidos, viajando con ellos decenas de varas sobre el páramo helado para captar los aromas y las esencias de cuanto hubiese en el valle. Era la octava aldea que veía en la cordillera pero las demás no habían tenido la suerte de tener tan cerca un manantial termal con grandes cuevas, ni un valle tan despejado y amplio en el que la nieve de los aludes se repartiese. Esta era la única que quedaba con vida; no era más que un pequeño grupo de casas, un par por cada una de sus garras y no todas habitadas. Las que sí lo estaban tenían humo de leña medio seca saliendo por las chimeneas. Olían a pieles viejas, a arcilla, a cuajo y a sudor. Daba la impresión de que los había encerrado el frío hacía años y se estaban dejando matar lentamente por él. El pueblucho se alzaba sobre un montículo solitario, rodeado por un páramo plano salpicado de ventisqueros que sin duda la nieve hacía subir lentamente, tormenta tras tormenta, sepultándolo todo bajo varas de hielo macizo que se petrificaban con paciencia. No quedaban restos de árboles ni de nada que no fuese hielo y nieve.
¿Qué estaban haciendo estos humanos aquí? Desde luego no entendía las vidas de los humanos. Aunque no entendía muchas cosas.

No demasiado lejos de donde se encontraba se hallaban las cuevas, dentro tenían animales y hierbas y había algunos ríos de aguas calientes. Necesitaba comer si quería quitarse el frío del cuerpo y desde que había visto la cueva tenía ganas de que sus aguas cálidas le acariciasen la piel.
Las termas eran un vergel rodeado de vapores con olores metálicos y arcillosos que le estimulaban la nariz. Estaban formadas por tres cuevas, dos grandes y una pequeñita. Dentro de una de las cuevas grandes había una casa humana que seguramente habrían traído de la aldea, o no, ni idea, había algo en ella que lo desconcertaba al sentirla, pero no sabía el qué.
La otra cueva grande estaba pegada a la anterior, casi pareciendo ser una sola. De ambas salían riachuelos domesticados para serpentear por los grandes espacios llanos que se extendían ante ellas. Los bancales eran un choque multicolor en medio de ese mundo blanco. Estaban divididos en incontables cuadraditos irregulares hechos con minúsculas vallas de madera verde y piedra, llenos de plantas diferentes, casi todas comestibles  o curativas para humanos y animales. Esos campos de cultivo se introducían en las cuevas y las tapizaban por dentro ganando muchos pasos de zona cultivable. No entendía porqué las terrazas del exterior se mantenían con vida en una zona donde las tormentas de nieve parecían ser habituales, ni por qué esos humanos vivían en aquella aldea tan lejana a la zona que les daba de comer. No entendía a los humanos, pero lo que buscaba estaba ahí.

Era temprano y observaba cómo un pequeño grupo de ellos lavaban tinajas y botijas en una gran poza con tejado en un lateral de los bancales. Unos machos acumulaban madera haciendo fardos en el interior de las cuevas mientras dos o tres hembras trabajaban las tierras de cultivo cosechando lo que podían mientras canturreaban y adecentaban lo plantado.
El poseedor del olor no estaba en los bancales, estaba en la aldea. Ahora que lo había encontrado no sabía bien qué hacer, de esas cosas se ocupaba siempre el primo Juma, que era el listo. Pero también era más lento, y seguro que aún tardaba varios días en recorrer el rastro que le había dejado.
Lo que necesitaba ahora era comer.

El clima era cambiante, resultaba difícil saber qué pasaría esa noche, aunque le daba la sensación de que el sol se mantendría unos días más. La gente en los bancales trabajaba con prisa y cierta alegría, y pudo ver como al mediodía, cuando le llegaba ya un exquisito olor a comida caliente desde la aldea, se retiraron en grupo habiendo terminado su labor junto a los pastos.
En los bancales quedaron dos ancianos y un perro medio enfermo que a juzgar por cómo su olor lo impregnaba todo, eran los que verdaderamente vivían allí.
¿Dos viejos para cuidar la comida que les daba la vida? Jamás entendería a los humanos.

Dejó caer la noche viendo los quehaceres de los ancianos. Gruñían contentos y enfadados alternativamente, pero ambos se preocupaban por el perro. Eso le gustó. Respetaban al animal como a uno más, entendía que era cosa de viejos ya que el perro parecía tan anciano como ellos.
Vio cómo uno de los dos recogía un pequeño rebaño de ovejas que tenían pastando en uno de los bancales más afectados por el hielo, una terraza alejada del calor de las termas donde los brotes de hierba supervivientes asomaban entre la nieve para ser mascados por los animales que escarbaban sin descanso. Ahí vio su oportunidad.
Los animales eran importantes para todos esos humanos, así que desde el principio desestimó la posibilidad de hacer una carnicería con el consiguiente banquete, ya no eran vacaciones. Vio a una oveja ni gorda ni flaca, ni joven ni vieja, y se acercó concentrándose en ella con tenacidad para permitirle sentir su esencia predadora, él se encontraba todavía a un par de cientos de varas, pero era más que suficiente.
El animal se dio cuenta al instante y entró en pánico total, colapsado por el poder hormonal del guardián. El pastor no se percató de lo sucedido hasta que la oveja, tras saltar la pequeña valla, escapaba pendiente arriba con más confusión que una trucha entre las nubes.
El resto fue fácil. La devoró durante la noche desde una minúscula cueva excavada en el hielo, sorprendido por la persistencia del humano que arriesgaba su vida buscándola en vano por laderas mucho más bajas de donde él se encontraba, aún durante las primeras horas de oscuridad. Por suerte para él, el humano se retiró cuando el frío comenzó a congelar el aire nocturno. No quería ni pensar en cómo se pondría el primo Juma si uno de estos viejos muriese por su culpa
Esa misma noche, tras entrar en calor y quitarse los restos más evidentes de sangre contra el hielo y algunos troncos de árboles medio muertos decidió bajar a las termas a darse un baño calentito.
Restringió por completo sus olores y su esencia y buscó los puntos exactos por donde su caminar no dejase huella, de manera que nadie, ni animales ni humanos se percataron de su presencia ni de su baño nocturno. Por si acaso tuvo la precaución de introducirse cueva adentro, buscando las pozas más calientes y allí, se relajó un poco en la oscuridad dejando que el agua sulfurosa desentumeciese su cuerpo desnudo.

Cuando salió se dedicó a olisquear mejor la cueva buscando conocimiento de los habitantes. El olor a héroe estaba por todos lados, pero en pequeña cantidad. Al pasar cerca de la casa sintió la presencia del perro, agonizante, y entendiendo que era un animal muy importante para los humanos decidió dejarle un regalo en forma de reconstituyente esencial sobre unas hierbas cercanas a la puerta de su hogar. Meó las hormonas sin permitir que nada de su olor personal ni su jerarquía animal quedase en ellas, para que ni el perro ni las otras bestias lentas se asustasen.
Luego se fue a pasear por el páramo helado.
Rodeó la aldea varias veces a un par de cientos de varas y luego a poco menos de varias decenas. Tenían más perros allí. Perros especiales. Apenas olían a nada aunque tampoco parecían buenos rastreadores. Por si acaso se censuró nuevamente casi desapareciendo del mundo de los olores. Luego penetró en la aldea cuanto le permitió el suelo, sin dejar ninguna marca o rastro evidente de su paso. No pudo acercarse mucho a las casas, pero tampoco lo necesitaba, su olfato era mucho mejor que sus ojos para esas tareas. Localizó la casa de donde venía el olor a heroismo y luego se retiró al páramo sin que los perros ni otro ser vivo hubiese percibido su presencia en absoluto.
Eran de los humanos más desprotegidos y comunes que había conocido en su larga vida. No tenían magia, ni los auxiliaban dioses, no tenían buenas armas ni parecían guerreros. Tan solo tenían frío y miseria, huesos torcidos y enfermedades de viejos, hambre y falta de sol en sus pieles… pero allí estaban, luchando contra todo y viendo a sus muertos caer por el camino. Humanos… Eran con mucho, la raza más extraña de todas.

El resto de la noche la dedicó a investigar el valle, recorriéndolo de norte a sur, de este a oeste, a ver si había algún misterio escondido.
A mitad de la mañana siguiente lucía el sol sobre las montañas del este y no había encontrado absolutamente nada fuera de lo normal, solo que no existía caza ni animal alguno, ni siquiera aves o insectos.
Se encaramó a uno de los árboles de las laderas de las montañas, bien alejado de la aldea y se dedicó a esperar y comprender, a observar y ver qué hacían los humanos hasta que llegase Juma. Y ahí mismo se durmió de aburrimiento.

Despertó cuando el sol estuvo en lo alto, y las personas se encontraban encerradas en sus casas comiendo. Entonces se deslizó por el páramo hasta encontrar lo que los humanos tomaban como camino hacia los bancales, y allí le sorprendió un olor a carne congelada que le abrió el apetito.
Olisqueó con el cuerpo casi totalmente pegado al hielo del suelo hasta dar con la fuente del olor. Estaba bajo el hielo. Excavó un agujero hasta llegar a una cueva extraña, teniendo cuidado de no dejar ningún trozo de hielo en el exterior para que no se viese nada raro en mitad de la planicie del valle. Tardó bastante en darse cuenta de que era una antigua casa humana. El hielo había devorado las paredes y el suelo por completo, y casi todos los antiguos olores de la casa habían muerto. Allí, en una esquina, encontró agazapada una cría de humano congelada abrazándose las rodillas. Llevaba allí mucho tiempo, seguro que nadie iría a buscarla ni la echaría de menos, así que se la comió. O más bien royó los pedazos que todavía conservaban algo de sabor de su interior.
Luego se echó a dormitar un par de horas, nuevamente azotado por el aburrimiento, al menos había encontrado un cubil seguro en el que ocultarse

Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había pasado durmiendo, estaba algo aturdido, el sueño lo había vencido más de lo que habría querido. Los primeros días, creyendo que se encontraba de vacaciones se había extenuado corriendo de aquí para allá, y los días anteriores a encontrar el olor especial también se había esforzado mucho, espoleado por los gruñidos del primo Juma.
Sabía que estaba en un valle helado, buscando el olor de un héroe entre unos humanos estúpidos que vivían lejos de su comida, pero no tenía claro dónde se encontraba en el valle ni cómo había llegado hasta el lugar en que había despertado.

Encontró un agujero en el techo de una de las pequeñas cuevas que componían la gruta donde se encontraba y comenzó a recordar a retazos pesados y densos lo que había ocurrido. Él había hecho ese agujero para entrar, eso era. Escaló lentamente, con hambre, percibiendo en la claridad de la luz que se filtraba que debía ser algún momento de la tarde cercano a la puesta de sol y cuando estuvo a puntito de asomar la cabezota al exterior, antes que él lo hizo un pequeño perro peludo con aire vivaracho que se le quedó mirando un instante de sorpresa mutua que lo cogió completamente desprevenido y adormilado. Así que lo cazó.
Fue una acción veloz e instintiva. Lo agarró por la cabeza hundiéndole las garras en el cuello, causándole una muerte inmediata. Tan rápido lo cogió y lo metió en el agujero como se lo puso en la boca, clavándole los colmillos y rompiéndole el cuello por si acaso. Al momento escuchó gritos de cachorros humanos y comprendió el monumental error que acababa de cometer.
¡Era el perro de las termas!
Bufaba con el animal en la boca mientras asimilaba la colosal paliza que el primo Juma le daría al enterarse. Agudizó el oído lanzando su sentido al exterior.
Los cachorros corrían hacia la aldea mientras él intentaba saber qué demonios hacer en una situación como esa. ¿Los cazaba para que no alertasen a los demás?
No, no, no, eso lo empeoraría. Tenía que dejarlos ir. Asomó la cabeza lo justo para que sus ojos y nariz pudiesen trabajar juntos y desperezó sus adormilados sentidos.
¡Uno de ellos era quien tenía el olor! ¡Maldita sea! Una mierda de Leviatán sería poca cosa al lado de la enorme cagada que había hecho por quedarse dormido un rato. ¿Y ahora qué?
Volvió al agujero con el perro muerto en la boca. Era un lástima, hacía menos de un día había intentado ayudarlo y por culpa de esa ayuda ahora lo había matado.
No podía dejar que esa muerte hubiese sido en vano, así que se lo comió.

Luego se quedó en su gruta un rato más intentando entender qué podía hacer en ausencia del primo Juma.
Los primos listos siempre hacían lo mismo cuando querían saber algo que antes no sabían. Apoyaban la cabeza en una mano y miraban a la nada en busca de respuestas, juntando las cejas mientras el tiempo pasaba. Él aún tenía un vago recuerdo de cuando hacia eso de pensar de cachorro, así que lo intentó un rato.
No funcionó.
Pero sabía una cosa. Había cometido un error y si quería enmendarlo tenía que hacerlo él o el primo Juma lo castigaría con dureza con su vara de mansedumbre.
Ahora los humanos de la aldea tendrían miedo de un monstruo desconocido. De modo que lo mejor que podía hacer, era dejarse ver.
Fuera ya había caído la noche y en el viento comenzaba a hacerse notar el rigor de una pequeña tormenta. Hacía más viento y más frío, y nevaba ligeramente con copos blancos que eran sacudidos en todas direcciones. Salió con paso tranquilo y comenzó a caminar a cuatro patas hacia la aldea relajando sus hormonas e intentando mostrarse lo más pacífico que pudiese. Nunca se le daban bien estas cosas ¿Dónde estaría el estúpido de Juma?

Encontró el camino con facilidad y luego lo siguió tranquilamente.
Había muchos humanos despiertos en la aldea, normal, ya estarían sacando de sus cajas las espadas y las hachas.

Cuando se encontraba muy cerca de la entrada vio a un pequeño grupo que parecía hacer guardia apostado en dos pequeñas casuchas de madera a ambos lados del camino, con antorchas en las paredes, rodeados de pieles rancias y alrededor de pequeños fuegos que les iluminaban tenuemente, sacudidos por ráfagas de viento gélido.
Sabía que las sonrisas entre los humanos eran signo de pacifismo y buena voluntad, de modo que apartó sus labios mostrando la mejor de cuantas tenía, y comenzó a entrar en la aldea para mostrarse a ellos tal cual era, y que viesen que no representaba ningún peligro.